domingo, 1 de febrero de 2015

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La niña de los tres maridos 


Un padre tenía una hija muy hermosa, pero terca y decidida. Esto a él no le
parecía mal, más un día se presentaron tres jóvenes, a cual más apuesto, y los
tres le pidieron la mano de su hija; el padre, después de que hubo hablado con
ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, en consecuencia, fuera su hija
la que decidiese con cuál de ellos se quería casar.
Conque le preguntó a la niña y ella le contestó que con los tres.
-Hija mía -dijo el buen hombre-, comprende que eso es imposible. Ninguna mujer
puede tener tres maridos.
-Pues yo elijo a los tres -contestó la niña tan tranquila.
El padre volvió a insistir:
-Hija mía, ponte en razón y no me des más quebraderos de cabeza. ¿A cuál de
ellos quieres que le conceda tu mano?
-Ya te he dicho que a los tres -contestó la niña.
Y no hubo manera de sacarla de ahí.
El padre se quedó dando vueltas en la cabeza al problema, que era un verdadero
problema y, a fuerza de pensar, no halló mejor solución que encargar a los tres
jóvenes que se fueran por el mundo a buscar una cosa que fuera única en su
especie; y aquel que trajese la mejor y la más rara, se casaría con su hija.
Los tres jóvenes se echaron al mundo a buscar y decidieron reunirse un año
después a ver qué había encontrado cada uno. Pero por más vueltas que dieron,
ninguno acabó de encontrar algo que satisficiera la exigencia del padre, de modo
que al cumplirse el año se pusieron en camino hacia el lugar en el que se habían
dado cita con las manos vacías.
El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; y mientras esperaba, se le
acercó un viejecillo que le dijo que si quería comprar un espejito.
Era un espejo vulgar y corriente y el joven le contestó que no, que para qué quería
él aquel espejo.
Entonces el viejecillo le dijo que el espejo era pequeño y modesto, sí, pero que
tenía una virtud, y era que en él se veía a la persona que su dueño deseara ver. El
joven hizo una prueba y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo
compró sin rechistar por la cantidad que éste le pidió.
El que llegaba en segundo lugar venía acercándose al lugar de la cita cuando le
salió al paso el mismo viejecillo y le preguntó si no querría comprarle una botellita
de bálsamo.
-¿Para qué quiero yo un bálsamo -dijo el joven- si en todo el mundo no he
encontrado lo que estaba buscando?
Y le dijo el viejecillo:
-Ah, pero es que este bálsamo tiene una virtud, que es la de resucitar a los
muertos.
En aquel momento pasaba por allí un entierro y el joven, sin pensárselo dos
veces, se fue a la caja que llevaban, echó una gota del bálsamo en la boca del
difunto y éste, apenas la tuvo en sus labios, se levantó tan campante, se echó al
hombro el ataúd y convidó a todos los que seguían el duelo a una merienda en su
casa. Visto lo cual, el joven le compró al viejecillo el bálsamo por la cantidad que
éste le pidió.
El tercer pretendiente, entretanto, paseaba meditabundo a la orilla del mar,
convencido de que los otros habrían encontrado algo donde él no encontrara
nada. Y en esto vio llegar sobre las olas una barca que se llegó hasta la orilla y de
la que descendieron numerosas personas. Y la última de esas personas era un
viejecillo que se acercó a él y le dijo que si quería comprar aquella barca.
-¿Y para qué quiero yo esa barca -dijo el joven- si está tan vieja que ya sólo ha de
valer para hacer leña?
-Pues te equivocas -dijo el viejecillo-, porque esta barca posee una rara virtud y es
la de llevar en muy poco tiempo a su dueño y a quienes le acompañen a cualquier
lugar del mundo al que deseen ir. Y si no, pregunte a estos pasajeros que han
venido conmigo, que hace tan sólo media hora estaban en Roma.
El joven habló con los pasajeros y descubrió que esto era cierto, así que le compró
la barca al viejecillo por la cantidad que éste le pidió.
Conque al fin se reunieron los tres en el lugar de la cita, muy satisfechos, y el
primero contó que traía un espejo en el que su dueño podía ver a la persona que
desease ver; y para probarlo pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres
enamorados, pero cuál no sería su sorpresa cuando vieron a la niña muerta y
metida en un ataúd.
Entonces dijo el segundo:
-Yo traigo aquí un bálsamo que es capaz de resucitar a los muertos, pero de aquí
a que lleguemos ya estará, además de muerta, comida por los gusanos.
Y dijo el tercero:
-Pues yo traigo una barca que en un santiamén nos pondrá en la casa de nuestra
amada.
Corrieron los tres a embarcarse y, efectivamente, al poco tiempo echaron pie a
tierra muy cerca del pueblo de la niña y fueron en su busca.
Allí estaba ya todo dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, aún no se
decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrarla.
Entonces llegaron los tres jóvenes y fueron a donde yacía la niña; y se acercó el
que tenía el bálsamo y vertió unas gotas en su boca. Y apenas las tuvo sobre sus
labios, la niña se levantó feliz y radiante.
Todo el mundo celebró con alborozo la acción del pretendiente y en seguida
decidió el padre que éste era el que debería casarse con su hija, pero entonces
los otros dos protestaron, y dijo el primero:
-Si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido del suceso y la niña
estaría muerta y enterrada.
Y dijo el de la barca:
-Si no llega a ser por mi barca, ni el espejo ni el bálsamo la hubieran vuelto a la
vida.
Conque el padre, con gran disgusto, se quedó de nuevo meditando cuál habría de
ser la solución. Y la niña, dirigiéndose a él, le dijo entonces:
-¿Lo ve usted, padre, como me hacían falta los tres?

PERSONAJES

LUGAR EN EL QUE TRASCURREN LOS HECHOS

PRUEBA A REALIZAR



OBJETO MÁGICO

RECOMPENSA





2 comentarios:

  1. El cuento deja al final una pequeña metáfora, yo he interpretado que quería decir que es mejor quedarse con más que con menos.

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  2. Sí. Además, yo destacararía cómo todos necesitamos de los demás y lo importante que es el trabajo en grupo para conseguir nuestros propósitos.
    Gracias por tu comentario, anónimo.

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