jueves, 24 de diciembre de 2015
Microrrelato de Raquel Larios.
Todo comenzó aquel día. El día más esperado por los niños, el día de navidad.
Era por la mañana y el sol estaba en lo alto, nunca me imaginaría lo que pasaría después, ese día era ese maravilloso y fantástico día donde todo es ilusión y felicidad. Menos para mí yo no tenía a nadie ni nada y las festividades siempre eran muy tristes.
Nadie quería de mi compañía y yo tampoco la suya. Hasta que ese día un pequeño niño me abrió los ojos. Y por primera vez vi con claridad.
sábado, 19 de diciembre de 2015
Los cuatro microrrelatos escritos y presentados a concurso por Darío López Zaballos.
A pesar de no haber obtenido premio, hay que destacar la originalidad de sus textos y su fidelidad al concepto de microrrelato: contar una historia completa en pocas palabras.
Enhorabuena por tu trabajo
Todo comenzó ese día. Lo olvidé todo por completo. Menos algo, que me
hizo recobrar la memoria con el tiempo. Lo único que no olvidé fue vivir.
Todo comenzó
ese día. Agotado, desesperado y exhausto, nada más despertarse, es la sensación
más horrible que se puede sentir. Hasta que un día al fin lo comprendes, que el
cansancio, es una manera de mostrar vitalidad, como los años lo son de
sabiduría.
Todo comenzó
ese día. Comprendí que el único normal era yo. Los veía desde arriba, corriendo
como ratoncillos en su pequeña jaula. Hablando por teléfono y quejándose de trabajar. Qué pena
que sólo se darán cuenta de su vacía vida cuando estén junto a mí. Yo ya no
puedo ni quejarme ni hablar por teléfono, los muertos no hablan con los vivos.
Todo
comenzó ese día. Era el último humano sobre la Tierra. Caminaba tranquilamente,
yo aún no lo sabía. Y como siempre, al llegar a casa, me encontré con mi mujer
Darío López Zaballos
jueves, 17 de diciembre de 2015
concurso de microrrelatos
Este año hemos convocado el primer concurso de microrrelatos en la clase de 1º E que ha tenido muy buena acogida entre los alumnos. Desde aquí quiero felicitar a todos los participantes, tanto si han obtenido premio como si no han tenido suerte. Os animo a seguir escribiendo, sobre cualquier tema, en cualquier momento y en cualquier lugar.
Los relatos que me enviéis serán publicados en el blog. Gracias a todos por vuestra participación
Los relatos que me enviéis serán publicados en el blog. Gracias a todos por vuestra participación
1er premio del primer concurso de microrrelatos.
TODO COMENZÓ ESE DÍA
TODO COMENZÓ ESE DÍA
Era el día
más importante de su vida. Era el día de la operación. Si todo salía bien, al
día siguiente se reuniría con su familia. Nadie pensaba que llegase a superarla
pero él era fuerte. Confianza y esperanza, nada más. Estaba nervioso e
impaciente. Nada era más importante que aquel día. Sus hijos le agarraban la
mano con mucha fuerza pero la anestesia estaba haciendo su trabajo. Su cabeza,
con ese pelo de color rojo brillante, y sus ojos de un color azulado se iban
cayendo poco a poco hasta tocar la camilla.
Elena González 1ºE
3er premio del concurso de microrrelatos
Todo comenzó cuando descubrí que cada Navidad tres hombres visitaban mi casa por
la noche y me dejaban regalos.
Un mundo nuevo se abrió ante mi, empecé a preguntarme de dónde venían y quiénes eran,
decidí investigar, pero no encontré nada.
Un día nevado recibí una carta en la que con una extraña letra ponía:
“ Si tanta impaciencia tienes dirígete a esta dirección cuando termines
esa carta”.
Cual fue mi sorpresa al ver que no existía , allí no había nada.
Una vocecita me detuvo y dijo: “es mágica como nosotros……”.
Y no dijo más, fue entonces cuando comprendí quienes eran.
Álvaro de Juanas Abellán
1º E
miércoles, 2 de diciembre de 2015
CONTENIDOS DEL EXAMEN GLOBAL DEL DÍA 9 DE DICIEMBRE
Los componentes de la palabra: lexemas y morfemas ( pág 16).
Reglas generales de acentuación ( pág 17 ).
Acentuación de diptongos e hiatos ( pág 37).
Los géneros literarios ( págs 38 y 39).
Las categorías gramaticales ( pág 50).
El sustantivo (págs 51, 52, 53, 54).
La familia léxica ( pág 56).
La tilde diacrítica ( pág 57).
La narración ( págs 58 y 59).
Los subgéneros narrativos: el mito, la leyenda, la fábula ( págs 76 y 77).
La novela, el cuento y el microrrelato ( págs 94, 95 y 96).
Actividades de repaso:
pág 42 ejec.5
pág 43 ejerc. 11 y 12.
pág 62 ejerc 6 y 7
pág 63 ejercs 14, 15, 16.
Reglas generales de acentuación ( pág 17 ).
Acentuación de diptongos e hiatos ( pág 37).
Los géneros literarios ( págs 38 y 39).
Las categorías gramaticales ( pág 50).
El sustantivo (págs 51, 52, 53, 54).
La familia léxica ( pág 56).
La tilde diacrítica ( pág 57).
La narración ( págs 58 y 59).
Los subgéneros narrativos: el mito, la leyenda, la fábula ( págs 76 y 77).
La novela, el cuento y el microrrelato ( págs 94, 95 y 96).
Actividades de repaso:
pág 42 ejec.5
pág 43 ejerc. 11 y 12.
pág 62 ejerc 6 y 7
pág 63 ejercs 14, 15, 16.
domingo, 29 de noviembre de 2015
microrrelatos
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos con la conciencia tranquila. Gracias a los cuentos que inventan para ellos, a Lucía y Daniel nunca se les aparecerán en sueños brujas que ceban con turrón a los niños para luego zampárselos, nada de eso. En sus relatos, los bosques son los lugares más seguros del mundo para salir de paseo, sin lobos ni madrastras ni manzanas envenenadas. Cuando el silencio invade la casa, Lucía despierta a su hermano. Juntos vacían cajones y revisan armarios hasta dar con los dos monstruos amordazados. Entonces les liberan de sus ataduras y, consolándoles, vuelven a dejarlos debajo de sus camas.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos y caminan hasta el salón. Se sientan en el sofá, uno a cada lado. Sin mediar palabra, zapean, pero, en menos de un cuarto de hora, como de costumbre, ya han apagado el televisor y han tomado rumbo al dormitorio. Él se pone los auriculares e intenta dormirse oyendo el programa de deportes. Ella enciende la luz de lectura y continúa leyendo una novela rosa. Pronto los dos cerrarán los ojos, aunque no se dormirán hasta que, bien entrada la noche, el cansancio les impida seguir pensando en qué será de los niños el día de mañana, cuando se divorcien.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos. Apagan la luz y cuando él va a cerrar la puerta, ella le advierte: – Deja una rendija abierta. Por si nos llaman. Él duda. Tal vez hoy debería negarse. Sentarse frente a ella y hacerla reaccionar. Pero le frena la súplica que hay en su mirada. Y lo aplaza. Mañana -se convence-. De mañana no pasa. Pero mañana no podrá. Porque es la fecha en la que cumplirían años y ella ha encargado una fiesta con piñata, tarta, y un payaso con una sonrisa que le ocupa toda la cara.
Vuelven a ser invisibles y se cuelan de noche en las habitaciones de sus hijos. Sigilosamente, para no despertarlos, se acercan a sus camas, los miran con ternura, los arropan o los desarropan –según la temperatura del cuarto–, les acarician la mejilla, les tocan el pelo, les besan en la frente. Les susurran al oído que les quieren. Después, recogen del suelo las zapatillas, los vaqueros, la sudadera. Encuentran su móvil. Observan la pantalla. Quizás no haya cambiado su antigua contraseña. Quizás sigue siendo un niño. Su niño. Las madres suspiran, les piden perdón y salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos.
Vuelven a ser invisibles. Como siempre desearon. Por eso ahora se hace extraño no cruzarte con ellos, de regreso del colegio donde todo comenzó, con la mochila del miedo a cuestas. Se han ido como lo hacen las tardes de verano o los amigos de la infancia, para no volver; y es entonces cuando su ausencia se hace insoportable. Una nota despidiéndose de la vida y, en el mismo colegio donde todo comenzó, una pintada en algún pupitre recordándoles, con la malicia propia de la adolescencia, ese defecto que trataron de ocultar a sus compañeros. Ahora solo resta esperar el sonido de la campana.
Vuelven a ser invisibles en cuanto sus hijos entran en el internado. De camino a casa apenas se dirigirán la palabra. Solo algún monosílabo a alguna pregunta despistada. Ella jugueteará con el móvil y él se concentrará en la carretera. Les espera una semana larga, en la que él se quedará hasta tarde en la oficina, alegando que está desbordado de trabajo. Y ella, sin tener apenas que cocinar, limpiará sobre limpio y buscará la compañía de algún canal de televisión. Hasta que, por fin, llegue el viernes y vayan a buscarlos, cogidos de la mano, fingiendo que todo va bien.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos y caminan hasta el salón. Se sientan en el sofá, uno a cada lado. Sin mediar palabra, zapean, pero, en menos de un cuarto de hora, como de costumbre, ya han apagado el televisor y han tomado rumbo al dormitorio. Él se pone los auriculares e intenta dormirse oyendo el programa de deportes. Ella enciende la luz de lectura y continúa leyendo una novela rosa. Pronto los dos cerrarán los ojos, aunque no se dormirán hasta que, bien entrada la noche, el cansancio les impida seguir pensando en qué será de los niños el día de mañana, cuando se divorcien.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos. Apagan la luz y cuando él va a cerrar la puerta, ella le advierte: – Deja una rendija abierta. Por si nos llaman. Él duda. Tal vez hoy debería negarse. Sentarse frente a ella y hacerla reaccionar. Pero le frena la súplica que hay en su mirada. Y lo aplaza. Mañana -se convence-. De mañana no pasa. Pero mañana no podrá. Porque es la fecha en la que cumplirían años y ella ha encargado una fiesta con piñata, tarta, y un payaso con una sonrisa que le ocupa toda la cara.
Vuelven a ser invisibles y se cuelan de noche en las habitaciones de sus hijos. Sigilosamente, para no despertarlos, se acercan a sus camas, los miran con ternura, los arropan o los desarropan –según la temperatura del cuarto–, les acarician la mejilla, les tocan el pelo, les besan en la frente. Les susurran al oído que les quieren. Después, recogen del suelo las zapatillas, los vaqueros, la sudadera. Encuentran su móvil. Observan la pantalla. Quizás no haya cambiado su antigua contraseña. Quizás sigue siendo un niño. Su niño. Las madres suspiran, les piden perdón y salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos.
Vuelven a ser invisibles. Como siempre desearon. Por eso ahora se hace extraño no cruzarte con ellos, de regreso del colegio donde todo comenzó, con la mochila del miedo a cuestas. Se han ido como lo hacen las tardes de verano o los amigos de la infancia, para no volver; y es entonces cuando su ausencia se hace insoportable. Una nota despidiéndose de la vida y, en el mismo colegio donde todo comenzó, una pintada en algún pupitre recordándoles, con la malicia propia de la adolescencia, ese defecto que trataron de ocultar a sus compañeros. Ahora solo resta esperar el sonido de la campana.
Vuelven a ser invisibles en cuanto sus hijos entran en el internado. De camino a casa apenas se dirigirán la palabra. Solo algún monosílabo a alguna pregunta despistada. Ella jugueteará con el móvil y él se concentrará en la carretera. Les espera una semana larga, en la que él se quedará hasta tarde en la oficina, alegando que está desbordado de trabajo. Y ella, sin tener apenas que cocinar, limpiará sobre limpio y buscará la compañía de algún canal de televisión. Hasta que, por fin, llegue el viernes y vayan a buscarlos, cogidos de la mano, fingiendo que todo va bien.
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