Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos con la conciencia tranquila. Gracias a los cuentos que inventan para ellos, a Lucía y Daniel nunca se les aparecerán en sueños brujas que ceban con turrón a los niños para luego zampárselos, nada de eso. En sus relatos, los bosques son los lugares más seguros del mundo para salir de paseo, sin lobos ni madrastras ni manzanas envenenadas. Cuando el silencio invade la casa, Lucía despierta a su hermano. Juntos vacían cajones y revisan armarios hasta dar con los dos monstruos amordazados. Entonces les liberan de sus ataduras y, consolándoles, vuelven a dejarlos debajo de sus camas.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos y caminan hasta el salón. Se sientan en el sofá, uno a cada lado. Sin mediar palabra, zapean, pero, en menos de un cuarto de hora, como de costumbre, ya han apagado el televisor y han tomado rumbo al dormitorio. Él se pone los auriculares e intenta dormirse oyendo el programa de deportes. Ella enciende la luz de lectura y continúa leyendo una novela rosa. Pronto los dos cerrarán los ojos, aunque no se dormirán hasta que, bien entrada la noche, el cansancio les impida seguir pensando en qué será de los niños el día de mañana, cuando se divorcien.
Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos. Apagan la luz y cuando él va a cerrar la puerta, ella le advierte: – Deja una rendija abierta. Por si nos llaman. Él duda. Tal vez hoy debería negarse. Sentarse frente a ella y hacerla reaccionar. Pero le frena la súplica que hay en su mirada. Y lo aplaza. Mañana -se convence-. De mañana no pasa. Pero mañana no podrá. Porque es la fecha en la que cumplirían años y ella ha encargado una fiesta con piñata, tarta, y un payaso con una sonrisa que le ocupa toda la cara.
Vuelven a ser invisibles y se cuelan de noche en las habitaciones de sus hijos. Sigilosamente, para no despertarlos, se acercan a sus camas, los miran con ternura, los arropan o los desarropan –según la temperatura del cuarto–, les acarician la mejilla, les tocan el pelo, les besan en la frente. Les susurran al oído que les quieren. Después, recogen del suelo las zapatillas, los vaqueros, la sudadera. Encuentran su móvil. Observan la pantalla. Quizás no haya cambiado su antigua contraseña. Quizás sigue siendo un niño. Su niño. Las madres suspiran, les piden perdón y salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos.
Vuelven a ser invisibles. Como siempre desearon. Por eso ahora se hace extraño no cruzarte con ellos, de regreso del colegio donde todo comenzó, con la mochila del miedo a cuestas. Se han ido como lo hacen las tardes de verano o los amigos de la infancia, para no volver; y es entonces cuando su ausencia se hace insoportable. Una nota despidiéndose de la vida y, en el mismo colegio donde todo comenzó, una pintada en algún pupitre recordándoles, con la malicia propia de la adolescencia, ese defecto que trataron de ocultar a sus compañeros. Ahora solo resta esperar el sonido de la campana.
Vuelven a ser invisibles en cuanto sus hijos entran en el internado. De camino a casa apenas se dirigirán la palabra. Solo algún monosílabo a alguna pregunta despistada. Ella jugueteará con el móvil y él se concentrará en la carretera. Les espera una semana larga, en la que él se quedará hasta tarde en la oficina, alegando que está desbordado de trabajo. Y ella, sin tener apenas que cocinar, limpiará sobre limpio y buscará la compañía de algún canal de televisión. Hasta que, por fin, llegue el viernes y vayan a buscarlos, cogidos de la mano, fingiendo que todo va bien.
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