miércoles, 18 de noviembre de 2015
Recuerdo también que una vez, buscando los pequeños objetos y los minúsculos seres de mi mundo
en el fondo de mi casa, encontré un agujero en una tabla del cercado. Miré a través del hueco y vi un
terreno igual al de mi casa, baldío y silvestre. Me retiré unos pasos porque vagamente supe que iba a pasar
algo. De pronto apareció una mano. Era la mano pequeñita de un niño de mi edad. Cuando me acerqué ya
no estaba la mano y en su lugar había una diminuta oveja blanca.
Era una oveja de lana desteñida. Las ruedas con que se deslizaba se habían escapado. Nunca había
visto yo una oveja tan linda. Fui a mi casa y volví con un regalo que dejé en el mismo sitio: una piña de pino,
entreabierta, olorosa y balsámica que yo adoraba.
Nunca más vi la mano del niño. Nunca más he vuelto a ver una ovejita como aquélla. La perdí en un
incendio. Y aún ahora, en estos años, cuando paso por una juguetería, miro furtivamente las vitrinas. Pero
es inútil. Nunca más se hizo una oveja como aquélla
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